En la primer asamblea para detener el avance en el barrio Saavedra de la nefasta constructora Planobra S.A., se acercó un trabajador de la defensoría del pueblo para avisar que si disponíamos de una segunda reunión se iba acercar Florencia Scavino, directora de espacios verdes, responsable de la obra que se estaba llevando a cabo.

La representante del gobierno no cumplió con su palabra, y mandó a decir por intermediarios, 2 en total, sabemos muy bien cual es la cadena, que no se presentó porque la asamblea era algo violento, y que tenía miedo de presentarse.

No comprendemos cómo puede tildar a la asamblea de violenta, cuando su forma es la del diálogo. Ni siquiera votamos, las decisiones y resoluciones son tomadas por consenso: al final leemos las propuestas y si alguien, cualquier persona sin importar su título o puesto laboral, está en contra, la decisión se detiene a ser discutida y reformulada hasta que nuevamente podamos acordar.

Es imposible hablar de violencia, no tenemos los medios para ejercerla, ni es lo que nos une, todo aquello que es violento, despararece con la misma velocidad que se formó, pero acá seguimos. Lo mismo ocurre cuando nos encontramos con un árbol que se manifiesta en nuestras veredas, nadie se atrevería decir “¡Qué árbol violento!”, sólo nos queda maravillarnos ante la fuerza de la naturaleza, es en estas formas que queremos experimentar, aprender de su quietud y resistencia movilizadora.

Queremos habitar y dejar ser la fuerza transformadora que nos atraviesa. Nosotras estamos poniendo nuestros cuerpos para conocernos más, para comprender lo que respetamos. No tenemos nadie a quién decirle que hable por nosotras. Ante el teléfono descompuesto nuestra única respuesta es que se comunique en otro momento, que lo central ha sido desconcentrado. Queremos invitar nuevamente a quien quiera compartir con nosotras esta transformación que nos desborda, ni la inundación que tapaba nuestros torsos nos detiene, queremos mostrarle cómo nos juntamos y cómo nos escuchamos, nada más, lo único a temer es la transformación que circula con-céntricamente, es decir, de última nos escuchamos un rato, porque acá nadie obliga nada a nadie. Lo único que tememos es que la directora de Espacios Verdes no tenga nada que decirnos, o peor aún que no guste del diálogo, esto nos entristecería profundamente, tal vez volvamos a llenar la laguna olvidada del parque.

La obra no se va a hacer, pero no es esto lo que nos importa, queremos que se enteren que en Saavedra hubo y hay formas de ser con lo que nos rodea que es con el ritmo del corazón, que no es, ni está en el centro de nada, no manda, no da órdenes, sino que es pausado y con la fuerza que nos mantiene andando, este es el ritmo que queremos escuchar y seguir.

Vecinos, vecinas, amigos, amigas, hay algo que avanza sin mirar hacia adelante, ni a quiénes se están llevando puestos, y esto es con lo que queremos, casi obsesivamente, insistir, porque lo que está en juego es nuestra identidad. Venimos a exhibir nuestro dolor ante la persecución sistemática de los espacios que sostienen nuestra forma de ser, y más importante, nuestra manera de estar juntas. Nos cansamos de dar vueltas sin sentido porque así lo planificaron, aún nos muestren todos los planos, todos los documentos y todos los permisos de otros no nos van a con-vencer, lo que nos con-mueve es más profundo que cualquier papelería. Nos vamos a quedar con el Parque Saavedra que queremos, NO VA A SER UN LUGAR DE PASO, es el lugar en el que queremos estar.

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